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¿Apoyo Mutuo?

Cizre, Leyla Zana, posible “guerra civil”, Aylan Kurdi, el mercado de esclavas del EI, la democracia radical, mujeres yazidíes, Amed, Suruç, etc. Todavía hay quienes se hacen ilusiones por la comuna de Rojava, quienes no dudan de que allá se esté produciendo una revolución social. Y, a pesar del “mal menor” y de las “vicisitudes del momento”, toda la gente de fiar desea lo mejor para el pueblo kurdo.

Con todo, la superación del capitalismo y de la barbarie sólo podría ser posible a través del programa histórico del proletariado: programa de negación, de abolición, que es siempre desviado, dejado de lado, obligado a su renuncia, a poner a disposición y servicio de otros intereses o supuestas urgencias, de nuevas vueltas de tuerca y de reproducción del orden social, ya sea la nación, el inteligente pueblo, la ecología o el cambio climático, la liberación de género o de los animales. Siempre aparece un principio éticamente superior que resolverá toda la opresión, sin tocar ni los códigos de conservación ni a los viejos explotadores, incólumes, ni la propiedad privada ni el trabajo asalariado de inexcusable cumplimiento ni el útil dinero. Sin embargo, todo lo que desvíe de la perspectiva de negación ha de ser desterrado.

Aparte, es bueno estar de acuerdo con Apoyo Mutuo y con toda iniciativa o proyecto en dicha tendencia para con los movimientos sociales y su autonomía, para con el sindicalismo de combate, la autogestión, la propiedad colectiva y la democracia y acción directas. Pero. Una vez más, aquí se filtra el capital como pez en el agua porque existimos en el orden burgués, en el mundo de las apariencias, de la sublimación de las palabras “universales”, de grandilocuentes principios y, en definitiva, de la ocultación e hipocresía. La forma no es el contenido. La autogestión no es el socialismo ni la anarquía ni el comunismo, puesto que, por muy modélica que fuese, si tal autogestión se da en el seno capitalista, lo reproducirá bajo otras formas pero con el mismo contenido de palabras deslumbrantes. Si unas hipotéticas y “autogestionadas” mercancías se venden por dinero, incluso siendo éste moneda social, producidos en tiempo y condiciones por un salario igual o por la coparticipación de los “miembros autogestores”, se estaría reproduciendo el capital y, por tanto, se estaría creando una plusvalía que será apropiada por algunas fracciones del capital.

Para que dicha autogestión se diese en condiciones sociales distintas tendría que no reproducirse para el mercado (normal o alternativo) sino para el establecimiento de una planificación social no-estatal que elimine la propiedad privada y la transforme en propiedad social.

Se produciría una cantidad dada en función de las necesidades sociales y marcadas por el proceso de planificación (social, que no técnico). No se daría un intercambio de uno a uno, o intermediado por dinero, sino que la producción tendría que ser conducida a la infraestructura social. Los productores no serían remunerados por su tiempo de trabajo bajo ninguna forma salarial o similar y el tiempo de ocio debería ser superior y creciente, porque toda la sociedad recibiría de acuerdo a sus necesidades.

Para que esto pueda suceder es necesaria una revolución social que actúe contra el régimen del capital, empezando contra el punto central de éste: el Estado, el gran equilibrador entre las fracciones del capital en pugna interna y restaurador del orden para el funcionamiento de la ley del valor. Por ende, sólo habrá autogestión cuando haya acontecido la revolución.

No obstante, el capital se disfrazará de todo ropaje, se dejará melena hippie o se rapará como un punk; hablará de cualquier utopía y será el más romántico de los compañeros. Es más, el capital podría sobrevivir incluso sin capitalistas y convertir al Estado omnipotente en la máxima expresión de su abstracción actuante.

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No sé si el programa histórico del proletariado, aunque se trate de un programa de la negación con el firme objetivo de abolir el capital y el Estado, no caería en la mitificación expresa del Proletariado como Redentor Profético de la Humanidad, y si acaso es por ello que se le llame ‘revolución social’ en lugar de Revolución Proletaria; o si, por el contrario, no es llamada proletaria por aquello que ya se nos avisó en Nanterre acerca de que el aparato educativo sirve al Estado para separar las reivindicaciones estudiantiles de las obreras. Como sea, todavía podría caber la sospecha de que se tratase de la desproletarización de la pobreza (no más obreros pobres; a partir de ahora, pobres que quisieran ser obreros); tangencialmente, la eficacia redoblada del viejo discurso sobre la delincuencia como forma de barbarie.

Será preciso admitir que no es concebible una transformación profunda del actual sistema sociopolítico sin la intervención decidida del proletariado –de ese colectivo social que se halla forzosamente adscrito al orden de la Producción. Pero he de reconocer mis errores porque a veces me pierde ese determinismo político que asoma ciertos silencios sociales, y no sé qué hacer entonces con la “mediación” de lo Social. Quizás porque me rindo ante un torpe fetichismo del Poder y no soy capaz de afrontar la trivialización de lo Económico en que se funda, o, simplemente, porque mi impaciencia teórica me lleva a prescindir rabiosamente de la “racionalidad política clásica” cuando todavía no disponemos de nada mejor con que sustituirla –y se supone que no están los tiempos para aventurismos filosóficos, que es siempre mi tendencia natural.

Sin embargo, podríamos mostrar menos interés por la liquidación de la burguesía que por la erradicación del proletariado: en la adscripción forzosa de un determinado colectivo social al orden de la Producción sorprende el momento constitutivo de las clases y el mecanismo nuclear de toda nueva tecnología de la dominación política e ideológica. Dado que se advierte cierta convergencia contemporánea entre la posibilidad histórica de una cancelación del productivismo (Final de la Utopía) y la negación espontánea del enclaustramiento laboral por los nuevos sujetos sociales de la protesta.

Y es que al educar en el amor al Proletario, se dedica cierto tiempo a describir su dolor, relatar sus luchas, celebrar sus triunfos y lamentar sus derrotas; intuir que de esa escritura, supuestamente explosiva, dependerá incluso el Valor de la vida. Pero, pese a ello, nada que tenga que ver con sus miserias, con su opresión evidente, ha logrado hasta el momento desencadenar toda la irritación de que podríamos creernos capaces. ¡Hay que catalizar la ocasión!